sábado, 9 de julio de 2016

“Convergence” de Pollock


     Es un óleo sobre lienzo de casi dos metros y medio de alto (242 cm) por cuatro de ancho, ejecutado por Pollock en 1952 y expuesto en la Galería de Arte Albright-Knox de Nueva York. Precisamente, a partir de este cuadro comenzó a poner un número a sus obras, al enterarse de que el público que lo contemplaba trataba de buscar una relación entre lo que veían en el lienzo y el título “Convergencia”. En esta tela, como en otras; no hay figuras, no hay tema, no hay referencia alguna a la naturaleza o a la realidad, solo chorros, hilos, gotas y manchas de pintura de diversos colores que no guardan relación entre sí. Es abstracción pura, en palabras del autor, lo que salía de su inconsciente en el momento de realizar la obra; no hay preparación previa, un minuto antes, no sabe lo que va a hacer a continuación. Sin embargo, un estudio de un departamento de matemáticas de una Universidad norteamericana, afirma de que en las pinturas de este autor, no se deja nada al azar. Con un software informático se han analizado los fractales de un cuadro para determinar su autenticidad, es decir, se han buscado trazos que se repiten a diferentes escalas en sus obras, y se ha descubierto que se podría determinar con certeza, o sea, que pertenecen a Pollock, con una seguridad superior al 90%, ya que encontramos dichos fractales en todas ellas, y que solo él puede realizar, a pesar de lo anárquico que nos pueda resultar su trabajo. Luego la mano de Pollock era mecánica y en cada obra deja su huella irrepetible, aunque a nosotros nos pueda pasar desapercibida, pero no al ordenador. Esta es una característica de todos los grandes artistas de la historia; pese a que realizan obras diferentes, lo sustancial del estilo siempre permanece.
     No utilizaba paleta, brochas, pinceles, espátulas…, su técnica consistía en colocar el lienzo en el suelo y meterse en el físicamente, en el que derramaba pinturas de diferentes colores, con un  bote que dejaba gotear, técnica que se conoce como dripping, o lanzaba pintura directamente sobre el lienzo, a veces ayudado de una brocha o de cualquier otro utensilio, de manera instantánea. Con esta técnica podía controlar parte del resultado final de la obra, pero no su totalidad, ya que las salpicaduras, chorretes, formas de las manchas… seguían su propio curso. El cuadro que estamos contemplando es una explosión de colorido sin igual, que no deja espacio sin pintura (horror vacui).
     Con los cuadros de Pollock pasó algo parecido a lo que ocurrió con los dólares en el siglo XIX, cuando todavía no los emitía la Reserva Federal Americana. En el tiempo que cada banco producía los suyos por su cuenta, llegó a haber tal cantidad de dólares con formatos diferentes en el mercado, que los ladrones no se molestaron en falsificarlos, sino que emitieron los suyos propios, ya que nadie se daría cuenta del engaño. Pues bien, los falsificadores de arte pensaron lo mismo. Como un cuadro de este artista es irrepetible, incluso por el propio autor, pintaban ellos uno y se lo atribuían a él. Pero, ¡ay! los fractales.
     Por último, comprenderemos mejor el éxito de este creador, si tenemos presente que la coyuntura geopolítica del momento le favoreció de manera inequívoca, ya que contó con el apoyo de las autoridades norteamericanas en una situación de “Guerra Fría”, cuando en los países del bloque comunista se imponía el realismo en el arte. En fin, qué duda cabe de que un gran cuadro de arte abstracto como el que nos ocupa, es un buen antioxidante para las neuronas y las conexiones entre ellas. Serotonina pura.

Nota: en este blog hay comentada otra obra del autor titulada Eco nº 25 que puede ayudar a la comprensión de la presente.
     R.R.C.