martes, 8 de diciembre de 2015

La bandera de la Unión Europea y la Inmaculada Concepción

   
     Hace ahora 65 años que el Consejo de Europa sacó una convocatoria para exhibir ideas de cómo debería ser una bandera que representara a esta institución. Se pusieron encima de la mesa unas cien propuestas para que el órgano pertinente pudiese escoger la que considerase más oportuna. Uno de los bocetos presentados por el ya fallecido artista francés Arsène Heitz resultó ganador por unanimidad: consistía en doce estrellas doradas de cinco puntas equidistantes y colocadas en círculo sobre un fondo azul rectangular. Posteriormente, hubo que esperar hasta 1983, fue adoptada por el Parlamento Europeo, y solo dos años después hizo lo propio la Comunidad Europea, por acuerdo de los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, hasta que en 1992 se convirtiera en la bandera de la Unión Europea actual que todos conocemos.

La Inmaculada Concepción de Rue du Bac de París
     Según confirmó Arsène Heitz, creador de la insignia: “inspirado por Dios, tuve la idea de hacer una bandera azul sobre la que destacaban las doce estrellas de la Inmaculada Concepción de Rue du Bac de París; de modo que la bandera europea es la bandera de la madre de Jesús que apareció en el cielo coronada de doce estrellas”. Así aparece narrado en el capítulo 12 del Apocalipsis. Y así aparece representada en las vidrieras de la Catedral de Estrasburgo, el edificio en donde primero ondeó esta bandera. No solo eso, las agendas del jurado que tuvo que tomar la decisión de adoptar este emblema para representar a la naciente unidad europea, se “confabularon” para que fuese el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, cuando emitieron su veredicto. Luego las estrellas de la bandera comunitaria no representan estados como algunos creen todavía, posiblemente influidos por las estrellas de la bandera estadounidense que sí lo hacen.
Inmaculada de las vidrieras de la Catedral de Estrasburgo
     El autor de la bandera confesaba ser un hombre de hondas raíces religiosas, que además de escuchar a Dios en su interior, era devoto de la Virgen, a la que todos los días rezaba el Rosario en compañía de su esposa. Por otra parte, los que tradicionalmente se han considerado los “padres” fundadores de la Europa unida reciente: Konrad Adenauer, Jacques Delors, Alcide De Gasperi y Robert Schuman eran profundamente religiosos y devotos de la religión católica. Así que, cuando la Primera Ministra británica Margaret Thatcher de confesión protestante, afirmó en más de una ocasión que la Unión Europea era una conspiración católica, no le faltaba razón.
   
       Los aires que soplan con más fuerza en la Unión Europea actual son los del laicismo, y casi nadie ve ya en su bandera la simbología original, prefieren dotarla de otros significados que se consideran más “modernos”, antes que advertir en ella la aureola de la Virgen María sobre el cielo azul, como vieron su diseñador y sus fundadores.

NOTA: si observamos la parte superior de la vidriera de Estrasburgo, comprobaremos las doce estrellas doradas sobre un fondo azul, igual que en la bandera de la Unión Europea.

P.D. Es una entrada que simplemente se titulaba “La bandera de la Unión Europea” y que estaba en el blog con anterioridad, pero me ha parecido oportuno traerla a esta fecha 8 de diciembre, día en el que se celebra la festividad de la Inmaculada. 
      R.R.C.

domingo, 6 de diciembre de 2015

El sello de Ezequías

    
      El rey bíblico Ezequías ocupa el puesto decimotercero de monarcas del antiguo reino de Judá. Tenemos que recordar, que a la muerte del rey Salomón, Israel quedó dividido en dos estados: Israel al norte y Judá al sur. La duración de su reinado no está clara, ya que la cronología que se baraja oscila entre los treinta y cuarenta años, en los siglos VIII y VII antes de J.C. Lo que es evidente, ya que tenemos información de fuentes judías y asirias, es que tuvo que hacer frente al poderoso rey guerrero asirio Senaquerib, consiguiendo salvar la capital de su reino Jerusalén del potente ejército enemigo. Eso sí, pagando un fuerte tributo y sometiéndose al cerco de la ciudad. La caída de Jerusalén tuvo que esperar al año 587 a. de J.C. cuando reinaba el rey Joaquín, hecho prisionero por el monarca de los babilonios Nabucodonosor, que destruyó la ciudad y se llevó a miles de nobles judíos cautivos a Babilonia.
     No solo en el II Libro de Reyes del Antiguo Testamento aparece este rey, pues también se le menciona como uno de los antecesores de Jesús, en el cap. 1 del Evangelio de San Mateo. Sucesor del rey Acaz (su progenitor), es considerado por el Antiguo Testamento como el mejor rey de Judá, tanto si lo comparamos con los anteriores a él, como con los posteriores; por la confianza que había demostrado en el Dios de Israel y por cumplir sus Mandamientos. Su hijo Manasés fue su sucesor en el trono.
Lugar del descubrimineto del sello de Ezequías
     Un equipo arqueológico israelí dirigido por Eilat Mazar, descubrió en el 2009 en unas excavaciones cercanas al Monte del Templo, en la ciudad vieja de Jerusalén, una pequeña pieza de arcilla que fue catalogada y depositada en un armario, al no poder averiguar su contenido. Cinco años después, un miembro del equipo volvió a analizarla, viendo con claridad el significado de esta bulla (sello). La inscripción ovalada fue impresa en un pedazo de arcilla de 3 milímetros de grosor y mide 13 x 12 milímetros de anchura. Lleva la inscripción en lengua hebrea: «Pertenece a Ezequías [hijo de] Acaz, rey de Judá» y un sol en el centro con dos alas, flanqueado por dos signos jeroglíficos que se denominan ANJ, la famosa cruz de asas egipcia que simboliza la vida. El signo situado a la derecha lo podemos ver perfectamente, mientras que el otro, a malas penas lo podemos intuir. Mazar declaró que “los iconos egipcios habían sido esparcidos por toda la región antes del segundo milenio a. de J.C. y ya habían perdido el significado original”. Y que los reyes de la región de Judea utilizaban el disco solar para referirse al Todopoderoso, y las alas declinadas del mismo, en señal de reverencia, pueden connotar la expresión de Ezequías “mi poder es gracias a la protección de Dios”.
     Es la primera vez que una impresión de sello de un rey de Israel o de Judá sale a la luz, de ahí su importancia. La bulla se empleó para sellar un rollo de papiro y la impresión de las fibras que se conservó en su parte posterior sugiere que el sello lacró un documento firmado por el rey. La parte de atrás de la pieza de barro tenía marcas de cuerdas finas que se utilizaban para anudar un escrito de papiro. "Por lo tanto, es bastante razonable asumir que estamos hablando de una impresión hecha por el rey mismo, haciendo uso de su propio anillo", añadió Eliat Mazar, de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
     Por último, el hecho de que apareciese la cruz de asas y el disco solar egipcio en la bulla de un rey de Judá, convierte a este pequeño sello oficial en un artefacto bilingüe, ya que se utiliza una lengua extranjera junto con el hebreo. Las relaciones de este pequeño reino con el país de los faraones pudieron ser más intensas de lo que se ha creído hasta ahora. Concluyo, poco a poco, sin arrebatos, pero sin pausa, la arqueología bíblica va ofreciendo luz a lo que nos transmiten los textos religiosos que conocemos. 
      R.R.C.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El belén

     En vista de la polémica que está generando en algunos lugares de España la colocación del típico belén navideño por parte de ciertas autoridades, que ponen como pretexto que lo hacen para no molestar a gente de otras culturas, cuando en el fondo lo que  quieren es acabar con la nuestra, con el cristianismo y con nuestras tradiciones. Con estas actitudes, son estos políticos mediocres que no pasarán a la Historia por sus logros, los que crean racismo y xenofobia en la población española, ya que los que vienen de fuera no se oponen en su gran mayoría, como no podía ser de otra manera, a que se pongan belenes y se celebre la Navidad. Y todos aquellos que proponen celebrar una Navidad pluricultural en España, será porque en otros lugares tienen, conservan y protegen sus culturas propias, ya que si todos hicieran lo mismo que aquí, desaparecerían las distintas culturas y tradiciones, y no habría nada que conmemorar. A continuación, reproduzco en esta página de inicio una entrada publicada en el blog anteriormente.
     
      El belén realizado a finales del siglo XVIII por el maestro imaginero Francisco Salzillo y sus discípulos, sería un asunto adecuado para este mes de diciembre que iniciamos. Fue realizado para el noble murciano Jesualdo Riquelme y Fontes. Pasó a ser propiedad de la Marquesa de Salinas y después del Marqués de Corvera, hasta que, finalmente, fue adquirido por el Estado español en 1915 por una cantidad de veintisiete mil pesetas de la época, encontrándose en la actualidad en el Museo que conserva las obras del escultor en la capital de la Región de Murcia. Podemos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que es el belén más importante y más admirado de España.  
     El padre de Salzillo era napolitano y aunque él nació en Murcia, su progenitor le transmitió el gusto por los belenes que se llevaba en su ciudad de origen, lo cual, convirtió a la capital del Segura en el enclave belenístico español más importante,  introduciéndose estas figurillas en los hogares particulares de los habitantes de esta Región.  El tamaño de las imágenes es de unos treinta centímetros y los materiales que emplea son: la arcilla, principalmente, pero también la madera, cartón, lienzos y telas encoladas. Todas ricamente policromadas con vivos colores: azules, verdes, rojos, combinados con el dorado del oro, lo que les proporciona una gran vistosidad, preciosismo y lujo, dentro de la tradición del estilo rococó que ya estaba finalizando.
     Como ya señalé al principio, Salzillo no realizó todo el belén, pues murió antes de su terminación, pero dejó unas directrices claras que respetaron los que culminaron su obra, por lo que el conjunto de figuras presenta una gran unidad estilística. De todas ellas, hay quién destaca las imágenes de los ángeles por su elegancia e ingravidez. Está compuesto por 556 personajes y 376 animales (en la actualidad no se conservan todos) y varias maquetas de edificios. Se basó en los Evangelios de San Mateo y San Lucas, que nos informan de la infancia del Señor y así diseñó las distintas escenas que integran el belén: la Anunciación, la aparición del ángel a los pastores, el Nacimiento, los Reyes Magos, la huida a Egipto, etc. Además, nos encontramos con otras escenas de carácter popular, fiel reflejo de las tradiciones de la época, así como animales y aves migratorias habituales de esta zona de España. Podemos observar una gran variedad de tipos humanos contemporáneos al autor, representados todos ellos con un gran naturalismo y con los ropajes específicos que lucían en ese tiempo. Todo esto nos da una muestra del modo de vida popular de Murcia y sus alrededores a finales del siglo XVIII.
     Como fondos de las distintas escenas que componen esta maravillosa obra, nos encontramos con el palacio del rey Herodes, que refleja nítidamente palacetes de la época. La casa de Isabel, prima de la Virgen, que es una casa típica de la huerta murciana, mientras que la de María es como las viviendas de Murcia de aquellos tiempos. Se escogió un viejo pórtico en ruinas para situar la escena del Nacimiento. Por último, el carpintero encargado de elaborar el templo de Jerusalén, de apellido Carrión, se inspiró, nada menos, que en El Templete de San Pietro in Montorio que el arquitecto del Papa, Bramante, levantó en Roma a principios del XVI, en el lugar donde según la tradición fue martirizado San Pedro.
     Todas las obras de este autor son religiosas. Él era una persona de profundas convicciones espirituales, que trasladó a toda su producción artística, incluido este famoso y monumental belén. Actualmente, Murcia es el principal enclave de producción de belenes artesanos de toda España. La calidad artística de sus figuras salta a la vista. Sólo hay que verlas para comprobarlo.
      R.R.C.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El árbol de Navidad

     

     De todos es sabido que el cristianismo ha utilizado muchas tradiciones, fiestas, celebraciones, u otras costumbres paganas romanas, o de otras civilizaciones, y las ha hecho suyas dotándolas de un nuevo simbolismo acorde con la nueva doctrina. Nada que objetar al hecho de que las distintas culturas se interrelacionan y enriquecen con ello, y la religión cristiana no pudo abstraerse a esta, digamos, “ley universal”. Hay quien aprovecha esta realidad para restar originalidad y credibilidad a la nueva religión, que irá ganando terreno al paganismo del Imperio a partir del siglo III. Bien, el árbol de Navidad encuentra sus raíces en el norte de Europa precristiana a principios de la Edad Media. Pero cuando a este territorio llega la buena nueva religiosa allá por el siglo VII, al árbol navideño se le dota de una nueva simbología por los evangelizadores de estos lugares, conforme a las recientes creencias.
 
     Para empezar, recordar que en la descripción del  Paraíso terrenal que nos transmite el Génesis, nos habla de la existencia de dos árboles fundamentales en la relación del hombre con Dios: el árbol de la ciencia del bien y de mal, del que le estaba prohibido comer sus frutos al ser humano porque le ocasionaría la muerte y, al lado de éste, el menos conocido árbol de la vida, que le daría la inmortalidad. Como todos sabemos, el hombre eligió mal y comió el fruto del árbol vedado. Es precisamente al proscrito el que representa el árbol de Navidad, con sus adornos y esferas que recuerdan las manzanas (alegorías de la tentación en la que cayeron Adán y Eva), que se colocaban al principio de esta tradición navideña. Ahora bien, no está todo perdido, ya que las velas con las que se adornaba el árbol y que hoy en día han sido sustituidas por bombillas, simbolizan la luz redentora y salvífica de Cristo, que vino a iluminar al Mundo como nos recuerda el evangelio de San Juan. La estrella de Belén que colocamos en su parte superior es la misma que guio a los Reyes Magos en su búsqueda del Mesías, igual que nos debe de guiar a nosotros ahora. Además, los lazos que la gente suele colocar en sus abetos o pinos navideños simbolizan la unión de la familia cristiana, especialmente, en estas fechas que conmemoran el nacimiento de Cristo. Profundizando un poco más en el simbolismo de esta tradición, se podría añadir que la forma triangular que presentan estas plantas coníferas simbolizaría el misterio de la Santísima Trinidad; y el verdor duradero de sus hojas perennes nos conduciría a relacionar este hecho con la vida eterna.
    
       Por último, papas como Juan Pablo II, o el mismo Benedicto XVI, hicieron durante sus pontificados declaraciones elogiosas sobre la utilización del árbol de Navidad por parte de los cristianos de todo el Mundo, a pesar de las reticencias que muchos religiosos muestran a este adorno por considerarlo pagano, o poco católico. Solo hay que ver el enorme árbol que coloca el Vaticano todos los años en la plaza de San Pedro por esas fechas.

      R.R.C.

martes, 1 de diciembre de 2015

El Buen Pastor de Murillo

    
      Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo de 123X101 cm., expuesta en las galerías del Museo del Prado de Madrid, y realizada hacia 1660 por el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo. Los niños son protagonistas distinguidos en las obras de este artista del Barroco español en sus escenas costumbristas, como podemos comprobar en otra creación suya “Dos niños comiendo melón y uvas” ejecutada pocos años antes que la que nos ocupa.
     
     La tela que vemos se basa en el Evangelio de San Juan, cuando compara a Jesucristo con el buen pastor que cuida de sus ovejas, un tema ya recurrente desde el arte Paleocristiano, como podemos observar en las catacumbas de Roma. Por otra parte, el crítico de arte Pedro de Madrazo, pensaba que se hace referencia a otro pasaje del Evangelio de San Mateo, en donde afirma: que si uno tiene cien ovejas y se le pierde una, deja a las otras noventa y nueve y va a buscar a la descarriada. Esta que vemos acariciada por Jesús es la despistada.
     
     La composición piramidal que presenta el cuadro es típicamente renacentista, sin embargo, el cayado y la pierna del niño ponen el contrapunto diagonal, típico de la época barroca. El cielo tumultuoso del fondo nos retrotrae a los pintores de la Escuela veneciana del siglo anterior. El niño Jesús, con halo luminoso que apenas sobrepasa su rizado cabello; con rostro afable que denota una cierta melancolía, dirige su mirada al espectador, como si quisiera atraparlo para su amado “rebaño”, al que vemos pastando plácidamente entre la neblina; mientras en la parte izquierda, ruinas clásicas ocupan el fondo de esta reconfortante escena llena de amor, dulzura y sentimiento.

P.D. Una obra que no ofende, que no provoca, que no ridiculiza, que no molesta a nadie, que no desagrada. Independientemente de que te pueda gustar más o menos, los artistas de verdad no tienen que apelar al escándalo o a la provocación para llegar a la gente. No tienen que recurrir a hostias consagradas para escribir pederastia en el suelo. Eso no es arte, es un insulto gratuito. Siempre a los cristianos, por supuesto.
     R.R.C.