lunes, 17 de diciembre de 2012

"Hermes con Dionisos niño" de Praxiteles

     Descubierto en las excavaciones de Olimpia a fines del siglo pasado, en el mismo lugar donde la describió el geógrafo e historiador griego del siglo II Pausanias es la primera estatua  original de un maestro de primera fila, aunque otros creen que se trata de una copia romana. Está realizada en mármol de Paros, mide 2'13 m de altura y se encuentra actualmente en el Museo Arqueológico de Olimpia.
     La estatua representa a Hermes, el dios mensajero, totalmente desnudo, en el acto de transportar a Dionisos niño desde el Olimpo hasta la mansión de las ninfas, encargadas de su crianza. El grupo destaca por un gran virtuosismo técnico, la calidad del modelado, la flexibilidad de las figuras y la delicadeza de las superficies perfectamente pulidas, aunque en la espalda presenta las marcas de los golpes del cincel.           
      La famosa curva praxiteliana, que huye de la línea vertical y estática e imprime ligereza a las figuras, hace que el cuerpo de Hermes se desplace del eje vertical y forme una seductora S invertida que le proporciona un sutil equilibrio entre el movimiento y el reposo. La elevación de la cadera de Hermes -consecuencia directa de la ondulación del torso- y la elegancia con que están definidos los músculos hacen que la escultura pierda tensión y gane sensualidad. La sinuosidad de su figura destaca aún más por el contraste que se establece con la verticalidad del pequeño Dionisos y la de la túnica, que, lejos de tener unos pliegues ordenados y paralelos como los del friso de las Panateneas, muestra una caída natural, semejante a la real.
      Las esculturas de Praxiteles son de una gran delicadeza y se oponen con sus gestos a las esculturas musculosas del siglo anterior, con una sensualidad refinada que raya en la feminidad y el amaneramiento. Sus personajes presentan un carácter triste y blando.
       En la referencia al futuro del pequeño dios como divinidad del vino, Hermes le muestra un racimo de uvas (en la mano derecha perdida), que el niño intenta coger, lo cual, nos podría indicar su futura inclinación por la bebida, además de recibir el grupo esa nota de humanidad que tienen todos los dioses en el arte de Praxiteles. La parte inferior de las dos piernas y el pie izquierdo de Hermes, que tampoco se conservaban, han sido reconstruidos. El soporte del grupo escultórico, innecesario si hubiera sido ejecutado en bronce, representa el tronco de un árbol cubierto con la túnica plegada que produce un bonito efecto de claroscuro.
     R.R.C.
           
Nota: imágenes obtenidas de Internet

sábado, 15 de diciembre de 2012

"La boda campesina" de Brueghel el Viejo

     Se trata de una pintura al óleo sobre soporte de madera de 124 x 168 cm conservada en el Museo de Historia del Arte de Viena, ejecutada en 1567 por el pintor flamenco Pieter Brueghel, que trata de mostrarnos una escena costumbrista de la sociedad campesina del siglo XVI. El autor reflejó fielmente la vida del pueblo de este lugar del norte de Europa y fue uno de los más grandes artistas de su época, que se corresponde con el Renacimiento. En él, el gusto por la anécdota se da paralelamente a una amplitud compositiva, además de ser fieles retratos, como podemos observar en ésta y otras obras suyas. Por otra parte, no es un cuadro habitual del autor, pues prefiere representar escenarios al aire libre, como aldeas, paisajes etc. y no interiores como el que nos ocupa.  
     La fiesta tiene lugar en un granero, organizada de tal manera, que no aparezca apiñada y confusa, pese al elevado número de personajes. El espacio está lleno de gente y de vida. Al fondo aparece un numeroso grupo preparado para entrar y participar en el festín, mientras dos corpulentos porteadores de comida situados en un primer plano transportan sobre una puerta descerrajada platos de gachas preparados para servir. Dos músicos amenizan el banquete con sus gaitas, éstos serían juglares que recorrían Europa y que pasaban grandes carencias, como podemos comprobar en los ojos desorbitados mirando las viandas, de uno de ellos. Mientras tanto, los comensales disfrutan de la comida, dispuestos a ambos lados de una improvisada y larga mesa que sigue una línea  diagonal. Es evidente la preocupación por situar a los personajes en un espacio real y el empleo de vivos colores que acentúen la celebración.
     Siguiendo las opiniones aportadas en una conferencia pronunciada por la doctora Paloma García Picazo, es sorprendente que nadie ríe, pese al carácter festivo del acontecimiento, pues el acto de comer es solemne. Aparece un mantel sobre la enorme mesa que concentra la atención de la pintura; todo un lujo, si se tiene en cuenta la extracción humilde de los participantes, aunque es preciso recordar que estamos en Flandes y Países Bajos en donde la industria textil es su carta de presentación. Llaman la atención los zapatones  anudados que calzan los personajes, tenemos que tener presente que Brueghel trabajó para el gremio de zapateros en su juventud, en cierto modo, estos serían los zapatones de su infancia. Los pequeños papeles escritos sobre las cabezas de los comensales podrían indicar que parte de los presentes estaban alfabetizados. La novia, que aparece al otro lado de la mesa, es la única mujer que va destocada, detrás de ella, pende un paño de color verde símbolo de la esperanza, por lo tanto, el color adecuado para la contrayente, sobre la que cuelga un pequeño cestillo a modo de dosel. Con los pulgares cruzados (gesto que no es casual, pues el pulgar es el dedo de Venus y tiene una connotación sexual) su rostro, un tanto inocente, muestra  satisfacción. La doctora García Picazo, va más allá, y apunta que, posiblemente, la novia le ha dado su virginidad al noble del que dependía, y su primer hijo sería del Señor, como era costumbre en la época, para que éste tuviese asegurada su descendencia. En el cuadro aparecen representados los tres estamentos: el noble a la derecha, con la espada al cinto, símbolo de su estatus y su poder. Al lado, el perro galgo que le acompañaba en la caza, actividad reservada exclusivamente a los señores, por lo tanto, un perro de estas características de nada serviría a los campesinos. A continuación, vemos a un fraile franciscano, representante de la iglesia, conversando con el noble. Como podemos comprobar, ninguno de ellos se interesa por la comida, no la necesitan, estaban bien comidos. Otro tanto podríamos decir de la pujante burguesía, que también aparece  representada, el único sentado en una silla con respaldo, al lado de su mujer, dedicado al comercio o las finanzas, posiblemente burgueses judíos, que tampoco muestran interés por lo que allí se sirve. Hay quién indica, que esta pareja podrían ser los padres de la novia. Y, todos los demás, personifican el tercer estamento, el pueblo bajo, el que aprovecha el banquete para comer y beber, acción que no podían realizar todos los días como sería deseable. Las dos gavillas de paja con un rastrillo que cuelgan de la pared de adobe enlucida, pueden simbolizar la separación del trigo de la paja, como manifiesta el Evangelio, pero tampoco podríamos excluir que podía hacer referencia al duro trabajo que realizaban los campesinos durante todo el año. Por último, la niña regordeta que se chupa el dedo untado en el plato, vendría a ser el pueblo ignorante que se limita a comer, y no a hablar entre ellos.
     Bueno, ya va siendo hora de que hablemos del novio, del que todavía no hemos dicho nada, el problema es que no se sabe quién podría ser, no está nada claro. Podría apuntar los tres candidatos más probables y que el lector elija: en primer lugar, el crítico de arte E. Gombrich se inclina por el personaje que está con plato y cuchara en mano a la derecha de la novia y que no parece atender al comensal que le habla, pues sólo muestra interés por la comida; otros, sugieren que el novio podría ser el personaje de negro sentado frente a la novia, que se echa hacia atrás jarra en mano y podemos ver parte de su rostro; y el hombre que aparece inclinado llenando jarras de vino blanco, o cerveza, que aparece a la izquierda del cuadro y con una buena vestimenta de color verde, lo podríamos incluir entre los posibles candidatos.
      R.R.C.

martes, 11 de diciembre de 2012

"La fragua de Vulcano" de Velázquez

     Pintado en 1630, en su primer viaje a Italia (1629-1631) es un óleo sobre tela, de 223 x 290 cm. No fue ningún encargo real, pero pronto pasó a la colección de Felipe IV y hoy se expone en el Museo del Prado de Madrid. Velázquez recrea la escena de La Metamorfosis de Ovidio y se inspira en un grabado del pintor italiano Antonio Tempesta realizado unos años antes. La fragua de Vulcano nos aleja definitivamente de la época tenebrista velazqueña. Es la primera obra de tipo mitológico que realizó y en ella conjuga perfectamente la fábula con lo real. Logra dar la sensación de instantaneidad, del preciso momento en que Apolo entra en el taller del dios herrero Vulcano y le anuncia que su esposa Venus, diosa de la belleza, le ha engañado con Marte, dios de la guerra. Como si se tratase de una fotografía, todos los personajes, formando una composición unitaria quedan paralizados en un fugaz momento, en movimientos de absoluta naturalidad.
      Excepto el aura que rodea la cabeza de Apolo, todo el cuadro pertenece al mundo de lo humano: la fealdad de Vulcano, apeado de su deidad, la corporeidad de los herreros, la propia fragua polvorienta. Sin embargo, el rostro de Apolo tiene un tratamiento de divinidad, perfilado en bellas formas luminosas, en las que el cuerpo del dios aparece envuelto en un manto rojo-anaranjado.
      Una de las facetas más celebradas de esta obra es su composición y la ligazón fácil entre los personajes que forman la escena en posturas sueltas, en los que lleva a cabo un estudio perfecto de brazos, bustos, musculatura, etc., individualizados en los volúmenes de los cuerpos por la luz, y reunidos por la estructura de la composición. El herrero colocado de espaldas nos recuerda las estatuas de los héroes griegos y romanos. El más expresivo de todos es el personaje que éste tiene a su lado, despeinado, desfigurado, con gesto de gran sorpresa que se acentúa con su boca entreabierta.  Como en las obras precedentes, los colores varían desde los tonos ocres claros, después más oscuros, hasta los marrones de tierra tostada, con las dos tonalidades encendidas del manto de Apolo y del trozo de metal incandescente sobre el yunque.
    R.R.C.     

domingo, 9 de diciembre de 2012

LAS TABLAS DE LA LEY


     Los Diez Mandamientos, las tablas de la ley que Dios entregó a Moisés en el monte Horeb en el centro de la península del Sinaí, tal y como recoge el libro del Éxodo, el segundo de los cinco libros que componen el Pentateuco, la Torá judía. Aquí se encuentran enunciados los diez mandatos más importantes que Yahveh impone al pueblo elegido, la ley de leyes, el camino a seguir. En ellos se establecen las relaciones del pueblo de Israel con Dios y entre ellos mismos, de una manera clara, precisa y contundente; no dejan lugar a dudas. Para conservar estas tablas sagradas que provienen  directamente del Cielo, se construyó el Arca de la Alianza, siguiendo las instrucciones que, según el propio Moisés, el mismo Dios le indicó. Debía estar hecha de madera de acacia y forrada de láminas de oro, con unas anillas para poder ser transportada allá donde fuere su pueblo. Ésta, a su vez, se encontraba guardada en la Tienda del Encuentro, realizada también con indicaciones precisas venidas de Dios, si seguimos el texto del Antiguo Testamento. Una vez que el pueblo judío ocupó de una manera estable la Tierra Prometida, el Rey Salomón, mandó construir el Templo de Jerusalén para albergar de una manera definitiva el Arca de la Alianza, que representaba la presencia real de Dios en medio de su pueblo. Allí estuvo hasta la caída y destrucción del Templo y de la ciudad en el año 587 antes de J.C por las tropas de Nabucodonosor II, rey de los babilonios.Ya no se vuelve a mencionar más el Arca, desaparece para siempre de la historia de Israel, pues, cuando vuelve a levantarse a finales del VI antes de J.C. un segundo Templo, éste ya no alberga el Arca y, por ende, Los Diez Mandamientos que contenía. ¿Dónde está?, lo único seguro es que desapareció.
     Según la Biblia, las Tablas de la  Ley estaban hechas en piedra. Pero ¿de qué piedra?, ¿podrían ser de una piedra cualquiera? Hay quién afirma que éstas no eran de tal material, sino de barro cocido, es decir, tablillas de arcilla semejantes a las encontradas en multitud de yacimientos de Mesopotamia, a fin de cuentas el pueblo judío procede de la ciudad mesopotámica de Ur, que conducidos por Abraham se trasladaron a Canaán y allí estuvieron antes de penetrar en Egipto. Una piedra muy preciada en estas tierras era la diorita, en la que representaban a personajes importantes como sacerdotes que llevaban inscritas oraciones, como la famosa estatua de Gudea, rey-sacerdote de Lagash. De mediados del siglo XVIII antes de J.C. es el conocido código de Hammurabi, uno de los códigos de leyes más antiguo que se conoce y que influyó en otros posteriores, incluido el Antiguo Testamento, se encuentra hoy en el Museo del Louvre. Es un bloque de 2,25 metros de alto realizado en diorita,  pues la importancia  del contenido legal que presenta así lo requiere, ya que el mismo dios Shamash, como vemos en la parte superior del monolito, hace entrega de este código de leyes al propio Hammurabi.
    
     Moisés y el pueblo de Israel salieron de Egipto antes de adentrarse en el desierto del Sinaí y recibir las Tablas de la Ley. El lapislázuli, era una de las piedras más valoradas, si no la que más, por los antiguos egipcios. La encontramos en multitud de objetos y amuletos muy importantes para ellos. Las joyas de oro y este material, eran dignas de faraones, el único dios viviente que podían ver sobre la Tierra. En los textos escritos se deja constancia del aprecio de esta piedra que importaban de oriente, recorrían larguísimas distancias desde el lejano Afganistán, para acarrearla hasta el país del Nilo.

     El lapislázuli de calidad, posee un color azul intenso, que recuerda el cielo en el crepúsculo, incrustada en la piedra aparecen puntitos de pirita, que producen reflejos dorados como las estrellas brillantes al anochecer. La calcita, que tiene un aspecto gris y blanquecino apenas se deja ver en las buenas piedras. Su dureza es de 5,5 en la escala de Mohs y es factible obtener lajas de piedra de variados tamaños. Se puede moler y utilizar para obtener pintura de este bello color, y así aparecen multitud de bóvedas y cúpulas de iglesias cristianas que hacen referencia al firmamento,  al cielo. De este azul, salpicado de estrellas doradas, se encontró Miguel Ángel la bóveda de la capilla Sixtina, antes de pintarla tal y como la conocemos hoy.
     ¿Qué mejor fondo y soporte de piedra, que el lapislázuli, para grabar los Mandamientos que vienen del Cielo? Los hebreos la conocían en Egipto y sabían de su valor. El propio Moisés, posiblemente fue un personaje importante antes de abandonar el país de los faraones y, como tal, tener gustos refinados y ser el lapislázuli una de sus piedras de referencia. Las leyes más importantes del antiguo pueblo judío no podían estar grabadas en cualquier material, como no lo estaban las de otros pueblos de la época. Además, como hemos visto más arriba, el Arca que las contenía estaba hecha con la madera más preciada forrada del dorado metal, por dentro y por fuera, la combinación de esta piedra con el oro sería perfecta, produciendo un gran impacto cromático.
    
      El lapislázuli, por la importancia que tenía en el país donde habían residido muchos años, por su aspecto, por su belleza, por su simbología (el cielo estrellado), parece un material posible y adecuado para grabar en él Los Diez Mandamientos.

      R.R.C.
 Nota: imágenes de lapislázuli bajadas de Internet.